RÓMULO BUSTOS
EL CORAZÓN ES UN CUENCO SEDIENTO Y EXTRAÑO
El corazón es un cuenco sediento y extraño
Toda el agua del cielo cabe en él
sin derramarse
Nunca se colmaría aunque lloviera
todo el cielo
Aunque todo el cielo se derramara
como una cosecha de llanto
El corazón es un cuenco sediento y extraño
Toda el agua del cielo cabe en él
sin derramarse
Nunca se colmaría aunque lloviera
todo el cielo
Aunque todo el cielo se derramara
como una cosecha de llanto
Hay alguien que yo sé morándome
A J. Arleis
Hay alguien que yo sé morándome
Arrastra sus alas de ángel sonámbulo
como quien busca una puerta
entre largos corredores
Triste de sí
Pulsando inútil las cuerdas más dulces
de mi alma
Quizás me existiera desde siempre
¿De qué ancho cielo habrá venido
este huésped que no conozco?
Poema de las pertenencias
A la hermana pertenecía el lado izquierdo
de la casa
Y las piedras pulidas que parecen soles
También eran suyos el color amarillo
Y la palabra alamud pronunciada suavemente,
los botones en forma de pequeños emperadores,
el santo y seña para entrar y salir de los espejos
(una vez quedó aprisionada en el espejo de la sala
y debió revelarme su secreto)
Eran míos
el fulgor de las nubes que anuncian la lluvia,
el juego de la peregrina, el palo yaya, las telas
crujientes como las alas de las grandes moscas,
la mitad de la palabra para abrir el día...
La otra mitad era de la hermana
Subíamos a la ventana bajo los trompeteros
y repetíamos: sayana, sayana
y la luz se asomaba como doblando una esquina
del mundo
A veces no despertábamos y desde el sueño
soñábamos sayana
Era entonces más brillante el cielo
Nunca nos preguntamos
a quién pertenecían los dados cargados
del tiempo
de la casa
Y las piedras pulidas que parecen soles
También eran suyos el color amarillo
Y la palabra alamud pronunciada suavemente,
los botones en forma de pequeños emperadores,
el santo y seña para entrar y salir de los espejos
(una vez quedó aprisionada en el espejo de la sala
y debió revelarme su secreto)
Eran míos
el fulgor de las nubes que anuncian la lluvia,
el juego de la peregrina, el palo yaya, las telas
crujientes como las alas de las grandes moscas,
la mitad de la palabra para abrir el día...
La otra mitad era de la hermana
Subíamos a la ventana bajo los trompeteros
y repetíamos: sayana, sayana
y la luz se asomaba como doblando una esquina
del mundo
A veces no despertábamos y desde el sueño
soñábamos sayana
Era entonces más brillante el cielo
Nunca nos preguntamos
a quién pertenecían los dados cargados
del tiempo
Poiesis
Cada mañana
con las calladas maneras de la ostra
reconstruyes con esmero
tu pequeño dios
a la medida de tu ignorancia
a la perfecta altura de tu abismo
Ínfima o deforme, te dices
una perla bien puede merecer el esfuerzo

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